Menos ego, más humildad
Por: David Mercado Avila
Psicólogo y escritor
El ego suele llegar silenciosamente, sin pedir permiso, se acomoda en el
mejor lugar de la casa y, poco a poco, comienza a actuar como si fuera el
dueño. No contribuye al orden, no asume responsabilidades y no se preocupa por
las consecuencias de sus actos. Exige atención de manera permanente y reclama control
con cada decisión.
Lo alarmante es que se le ha entregado la llave maestra de la vida de
forma voluntaria, ya sea por comodidad, inseguridad o miedo.
A diferencia de una sana valoración personal, el ego no se conforma con
reconocer los logros propios. Vive de forma constante haciendo comparaciones.
No le basta con que una persona haga bien las cosas; necesita convencerla de
que es mejor que los demás. Las conversaciones se convierten en competencias tóxicas,
donde escuchar pierde importancia y tener la razón es la última palabra.
Pedir disculpas, o reconocer errores se interpreta como señales de
debilidad.
El ego tiene la habilidad de disfrazarse de virtud, adopta el lenguaje
del autoestima, la dignidad o principios personales, cuando en realidad suele
ocultar sus propias inseguridades.
Detrás de las actitudes rígidas, se esconden temores difíciles de
reconocer: el miedo a equivocarse, a parecer vulnerable, a admitir
desconocimiento o simplemente a ser una persona común entre millones de seres
humanos.
Una fábula cuenta la historia de un maestro de escuela, quien tenía la
costumbre al finalizar sus clases, tomar la escoba y se ponía a barrer el salón
de clase. Un estudiante, sorprendido, le preguntó por qué realizaba esa labor,
para eso la escuela contaba con personal para hacer el aseo, a lo que respondió
el maestro: “El suelo no me ensucia, pero el orgullo sí”.
El verdadero crecimiento personal no se mide por las tareas que se
delegan, sino por la capacidad de conservar la sencillez aun cuando existen
razones para sentirse importante.
Huir de uno mismo es una de las tareas más agotadoras que puede
emprender una persona. Algunos intentan hacerlo acumulando títulos, bienes
materiales, reconocimientos o seguidores. Otros buscan refugio en la admiración
ajena o en la suficiencia para demostrar éxito.
Cuando termina el ruido del día y llega el silencio de la noche, aparecen
las preguntas… ¡Que estoy haciendo con mi vida?
El ego, promete satisfacción, ¿pero a que costo? el insomnio,
resentimiento, frustración o soledad y en ese preciso instante la realidad aparece
como un callejón sin salida.
La humildad, es la alternativa liberadora. Ser humilde no significa
pensar menos de sí mismo ni minimizar los propios talentos. Significa dejar de
situarse constantemente en el centro de todo. Implica comprender que el mundo
no gira alrededor de una sola opinión y que el error forma parte natural del
aprendizaje. La humildad permite reconocer algo nuevo por aprender y escuchar al
otro para aprender.
Valorar la humildad es la verdadera grandeza y desafío de la vida diaria.
Reconocer la equivocación, pedir ayuda o aceptar una corrección son actos que
requieren más valentía que imponer siempre el propio criterio.
Al final de la vida, las personas que dejan una huella rara vez son
aquellas que hablan más fuerte o buscan sobresalir a cualquier costo. Son
quienes escuchan con atención, aprenden con humildad y construyen relaciones saludables.
Son quienes tienen la capacidad de encontrarse consigo mismos sin máscaras, sin
armaduras.
Después de todo, vivir con humildad pesa mucho menos que cargar con el
ego. Y esa ligereza, puede convertirse en una de las formas más valiosas para sentir
la libertad.
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