Reconciliate con tu insconciente

 Por: David Mercado Avila


Existe una frase que suele repetirse constantemente en espacios de terapia: “No quería volver a caer ahí. No entiendo por qué lo hice otra vez”. Muchas personas creen que la respuesta está relacionada con la falta de disciplina o fuerza de voluntad; sin embargo, la raíz suele encontrarse en un lugar mucho más profundo: el inconsciente.

El inconsciente no es un concepto místico. Es el sistema emocional donde permanecen almacenadas experiencias, heridas, temores y aprendizajes adquiridos desde la infancia. Allí se guardan interpretaciones construidas cuando apenas se tenía cinco, doce o diecisiete años, y muchas de ellas continúan ejecutándose automáticamente en la vida adulta.

Si una persona aprendió en su niñez que mostrarse vulnerable generaba rechazo, probablemente en su adultez desarrollará mecanismos de defensa para evitar sentirse herida nuevamente. Si la escasez fue parte constante de su entorno, puede terminar rechazando oportunidades positivas porque una parte de sí misma sospecha que “algo debe estar mal”. Si el afecto estuvo acompañado de gritos, silencios o abandono emocional, es posible que termine confundiendo intensidad con amor.

El verdadero problema aparece cuando se pretende vivir el presente utilizando aprendizajes del pasado. En su momento ayudaron a sobrevivir emocionalmente, pero en la actualidad solo  generan sufrimiento, repetición y desgaste.

Las heridas emocionales no desaparecen con el tiempo. Lo no resuelto suele repetirse bajo diferentes escenarios. A veces se disfraza de pareja, amistad, el jefe, un conflicto económico o fracaso personal. Solo cambian los actores, pero la escena emocional permanece intacta.

Por eso muchas personas terminan viviendo patrones repetitivos: relaciones que generan el mismo dolor, conflictos constantes, miedo al éxito, dificultad para poner límites o conductas de autosabotaje que aparecen justo cuando todo parecía marchar bien.

Algunos lo llaman “mala suerte”, cuando en realidad suele tratarse de la mente intentando dirigir la atención hacia una herida emocional que necesita ser comprendida.

No se trata de culpar a los padres, a la pareja o expareja, o a las circunstancias de la vida. Es comprender que ciertos comportamientos fueron aprendidos en momentos donde tenían sentido para sobrevivir emocionalmente, pero que ya no son necesarios en el presente.

Llegado a este punto, lo mejor es buscar ayuda profesional.

Puedes leer 500 libros o seguir escuchar una y otra vez esa canción de Anne Swinn y Viviano Torres.

El inconsciente se forma en relación con otros seres humanos. Un terapeuta no existe para imponer respuestas, sino para ofrecer un espacio seguro donde la persona pueda observarse, sin juicio, a verse a sí mismo en un espejo.

Hacer terapia, es reconocer que merece vivir con mayor conciencia, tranquilidad y bienestar emocional. Implica dejar de vivir en piloto automático para comenzar a construir una vida desde la calma.

Cuando una persona empieza a reconciliarse consigo misma, ocurre el milagro en su interior. Deja de confundir familiaridad con amor. Aprende a reconocer las excusas con las que se autosabotea. Comprende que el cuerpo, la mente y las emociones necesitan cuidado constante. Empieza a elegir mejor sus vínculos, sus hábitos y las decisiones que toma diariamente.

Entonces deja de sobrevivir para comenzar a vivir mejor.

Elegir desde la conciencia cambia silenciosamente el rumbo de la vida. Ya no se reacciona desde la herida, sino desde una versión más madura, reflexiva y amorosa de sí mismo.

Por eso, cuando alguien siente que lleva años repitiendo la misma historia con distintos nombres y escenarios, no debería normalizarlo. Pedir ayuda es un acto de valentía. Hablar consigo mismo con paciencia y compasión puede convertirse en el primer paso hacia la transformación personal.

El inconsciente no es el enemigo. Es la parte interna que todavía necesita comprender que el peligro ya pasó.

Y quizás allí comienza la verdadera sanación: en el momento en que la persona decide reconciliarse consigo misma y comprender que del otro lado de esa reconciliación le espera una nueva manera de vivir.

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