Conmemoración Dia de la Santandereanidad 2026
Por: Lyda Jazmín Castañeda González
La santandereanidad no se trata únicamente de
recordar que el 13 de mayo de 1857 fue creado el Estado Soberano de Santander.
Es reconocer la esencia cultural construida a
través del tiempo: la fuerza del carácter, la dignidad sobre la palabra y la
valentía de quienes entendieron que la libertad se construye desde la formación
integral del ser en la vida cotidiana.
Es inevitable hablar de Francisco de Paula
Santander, un hombre cuya vida continúa despertando admiración por su
disciplina, liderazgo y sentido incorruptible del deber. La revisión de
distintos libros sobre su vida permite comprender a un ser humano coherente,
honorable y firme en sus principios.
Desde la cátedra de la santandereanidad resume la
esencia de lo que significa ser santandereano:
“Decide hacer lo correcto, hoy, mañana y siempre,
con disciplina, liderazgo, sabiduría, solidaridad y asertividad.”
La santandereanidad no puede reducirse a un acto
protocolario o la celebración en un solo día. Su verdadero significado se centra
en el trabajo interior, en la capacidad de vivir el aquí y el ahora, evaluando
permanentemente el comportamiento y la conducta frente a los demás.
¿Por dónde comenzar?: Por lo elemental mi querido
(a) lector (a):
EL AMOR PROPIO.
El amor propio no es arrogancia ni superioridad. Es
la capacidad de valorarse, respetarse y cuidarse a sí mismo (a). Es reconocer las
virtudes, talentos, valores personales, es aceptar los errores, defectos y sobre
todo aprender a levantarse en los momentos difíciles de la vida. Es comprender
que nadie es perfecto.
Aunque, vivir el amor propio resulta más difícil de
lo que parece. Basta con observar cuidadosamente comportamientos cotidianos
para entender cómo muchas personas viven atrapadas en pensamientos de escasez y
desvalorización personal.
Por ejemplo, cuando alguien recibe una invitación a
un restaurante y, en lugar de disfrutar la experiencia, aparece inmediatamente esa
voz interior diciendo: “No merezco estar aquí”, “este lugar no es para mí” o
“seguramente esta invitación tiene una doble intención”. Luego llega el menú y
la segunda reacción es buscar el plato más económico, por miedo a incomodar o
sentirse insuficiente.
Lo mismo sucede con frases que se han normalizado
socialmente:
— “¿No tiene algo más económico?”
— “¿Cuánto es lo mínimo?”
— “Busco algo bueno, bonito y barato.”
— “Mejor me quedo donde un familiar para no pagar hotel.”
Entre otras…
Estas expresiones revelan una forma de pensar
basada en la carencia permanente. Es lo que muchos denominan “mentalidad de
pobreza”: una conducta alimentada por el miedo constante a perder, por la
creencia de no merecer crecer, aprender o avanzar.
La sociedad actual, ha comenzado a normalizar el
conformismo y la dependencia emocional: mendigando afecto, buscando aprobación
o el reconocimiento solo para alimentar el ego.
¿Cómo reconocer quienes están trabajando en sí
mismos?
Son personas seguras de sí mismas, son disciplinadas
y coherentes. Poseen una mentalidad creativa y visionaria. Trabajan con
constancia, colaboran sin esperar aplausos y no viven buscando validación
externa. Caminan con tranquilidad porque entienden que su valor no depende de
la opinión ajena.
Estas personas suelen ser discretas, comparten su
conocimiento únicamente con quienes realmente desean aprender. Su energía
inspira sin necesidad de imponerse. Son seres humanos que irradian serenidad
porque han aprendido que lo más importante es construir su paz interior.
Por otro lado, están esas otras personas
que necesitan ayuda en su amor propio, son aquellas que están cargadas de
resentimiento, diariamente se expresan con frases como: “Ahora se cree de mejor
familia”, “¿y a éste (a) que bicho raro le picó?” o “se volvió orgulloso(a)”.
Comentarios cuya intención busca minimizar e invalidar el crecimiento del otro,
cuando, en realidad, terminan evidenciando sus propias inseguridades internas y
heridas emocionales.
Las palabras tienen poder; pueden construir o
destruir; pueden impulsar el crecimiento o alimentar la toxicidad social.
En conclusión: la santandereanidad exige algo más que
orgullo regional. Exige carácter, responsabilidad emocional y compromiso a través
del ejemplo. Una sociedad no se transforma desde los discursos; se transforma
desde la manera en que cada individuo aprende a valorarse y a valorar a los
demás.
La pregunta final entonces no es qué significa ser
santandereano, sino cómo se está viviendo hoy.
¿Cómo se está trabajando el amor propio?
¿Cómo se está tratando a los demás?
¿Cómo se está honrando la palabra, la disciplina y la solidaridad?
Porque quien aprende a respetarse, aprende a
respetar a su comunidad. Y es precisamente desde el ejemplo silencioso donde
comienza la verdadera transformación de la sociedad santandereana.
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