Siempre Adelante, ni un paso atrás

 

Por: Augusto García


Las noticias desde la capital no eran alentadoras. Las tropas ya habían recibido la orden de continuar su avance, y los focos de resistencia eran rápidamente avasallados por soldados armados hasta los dientes. La velocidad con la que avanzaban estas milicias, sumada a su fama y a la noticia de que el general Pinzón declararía una Guerra Santa, fue sembrando una creencia entre los campesinos de las recién reconocidas veredas de Palonegro y Palogordo: la lucha que se avecinaba sería contra el mismo demonio, decidido a instaurar mil años de terror.

Joaquín Mantilla había abandonado recientemente su oficio de buscador de fortuna en el río. La batea ya no rendía como antes; la fortuna había dejado de sonreírle a los pobres, y aquellas historias de antaño —en las que hombres de ambición y buen corazón eran recompensados por la diosa Fortuna— parecían desvanecerse en el olvido. Su destino, sin embargo, parecía tomar otro rumbo. Se refugió en la escarpa de la montaña: un lugar agreste, de escasas oportunidades, pero que para él era un edén, un oasis en medio de la adversidad. La cercanía de una fuente de agua lo convertía en el sitio ideal para echar raíces junto a una hermosa santandereana, como tantas veces lo había soñado a la intemperie, contemplando el cielo y las estrellas, convencido de que la vida le reservaría la más brillante.

Los primeros meses del año transcurrieron con la misma ligereza con la que llegaban las malas noticias desde todos los rincones de Santander. Las escaramuzas bélicas crecían y se propagaban como una infección, intensificándose tras los hechos ocurridos en octubre. Cada enfrentamiento parecía superar al anterior, dejando a su paso un rastro de muerte y destrucción.

Pronto, los ecos de la guerra comenzaron a retumbar. Las cornetas anunciaban su cercanía, presagiando su caída sobre la naciente casa que Joaquín, a punta de esfuerzo, había logrado levantar en medio de la escarpa rocosa, marcando el punto medio hacia la cima de la montaña.

Su mirada se posó entonces en un grupo de soldados de artillería que, cubiertos de polvo, parecían emerger de un mar de fina polvareda. Sus rostros arrastraban tragedia y sus ojos delataban noches interminables. Tras horas de lucha contra el terreno hostil, lograron posicionar el pesado cañón Krupp por encima de la modesta morada de Joaquín, como si se tratara de dos guardianes vigilando un fortín empobrecido.

Joaquín sabía que su propiedad pronto sería escenario de un infierno sobre la Tierra. Las historias escuchadas en tertulias y días de mercado —relatos de gitanos y adivinos que anunciaban el fin de los tiempos con la llegada del nuevo siglo y del nuevo gobierno— regresaban ahora con más fuerza, instalándose en su mente.

Observaba de soslayo los movimientos del ejército a lo largo y ancho de su terreno. Todo presagiaba lo peor. Su intuición le gritaba que huyera, que no mirara atrás. “Quien mira atrás corre el riesgo de convertirse en monumento de sal”, pensaba el joven campesino.

La madrugada del nuevo día trajo consigo el sonido del fin del mundo. Los cañones Krupp retumbaban de forma alternada sobre la colina, como una sinfonía ejecutada por el mismísimo Leviatán. Cada estruendo le arrancaba una pregunta: ¿por qué no huyó cuando pudo?, ¿por qué no escuchó a sus vecinos, que le aconsejaron quemarlo todo y marcharse, empezar de nuevo en otro lugar?

Con la llegada de la luz, sus ojos se enfrentaron a una nueva realidad: jovencitos cargaban cartucheras y portaban fusiles que, en ocasiones, superaban su propia estatura.

El aire fresco de la colina comenzó a transformarse. Un olor enrarecido se apoderó del ambiente: ceniza, pólvora, sangre fresca. Ese hedor contrastaba con el dulzor del mango maduro, propio de la temporada, que aún ofrecía la tierra a los paladares santandereanos. A ello se sumaban los gritos de auxilio, el ladrido de los perros y la huida desesperada de los animales. Todo junto creaba en Joaquín la sensación de estar atrapado en el purgatorio, o quizá en el umbral del infierno.

Aferrado a las enseñanzas de sus padres —y de los padres de sus padres—, repetía para sí: “Siempre adelante, ni un paso atrás”. Y así, sujetándose a uno de los parales de su casa, resistía.

Como toda sinfonía, la guerra tenía sus ritmos. Joaquín, con el tiempo, comenzó a interpretarlos. Su oído se afinó hasta permitirle reconocer las horas clave: la intensidad de los combates, la distancia de los disparos, las pausas del almuerzo, los momentos previos al rugir de la artillería. Al principio, el caos y la desazón dominaron su mente; pero poco a poco aprendió a leer el lenguaje de la guerra.

Fue entonces cuando el hambre, la sed y esa extraña conciencia de lo que ocurría a su alrededor le dieron al debilitado campesino la fuerza necesaria para ponerse en pie.

El hambre, la sed y esa extraña certeza de saber cómo estaban las cosas a su alrededor le dieron al campesino el impulso necesario para ponerse en pie. Llevaba 39 horas en la misma posición, resistiendo con lo poco que había logrado almacenar y con el agua contenida en una molla de barro. Sin más suministros, y con más dudas que certezas, Joaquín decidió salir de su casa.

Al abrir la pesada puerta de madera, una bocanada de aire cargada con tufos de hombres y niños muertos —algunos aún agonizantes— invadió sus pulmones. ¿Era aquella la profecía o ya se encontraba en el mismísimo infierno? La sangre inundaba su recién reparado corral, como si no fuera un espacio para el ganado, sino una carnicería abierta.

La escena era dantesca. Al principio, los cuerpos eran pocos y dispersos; pero con el paso de las horas se multiplicaron. La razón era clara: el aljibe cercano ofrecía agua a los heridos, ya fuera para limpiar sus heridas, intentar salvarse o, al menos, morir sin sed. Las hermanas de la caridad, convertidas en enfermeras de guerra, encontraron en la finca de Joaquín un punto de descanso en medio del caos.

Al contemplar aquello, un frío nefasto recorrió su cuerpo, desde la planta de los pies hasta la coronilla. Siempre había sido sensible al dolor ajeno, y esa sensibilidad ahora lo paralizaba. Aun así, corrió hasta el pozo con la molla y recogió agua sin notar que estaba contaminada. Regresó a su casa y, casi como un milagro, comprobó que esta no había sufrido ni el más mínimo daño.

Pero el agua no era apta para beber. Tuvo que reunir valor nuevamente y salir. Esta vez avanzó con más rapidez, hasta que volvió a quedarse inmóvil. Algo había cambiado. Observó con mayor atención y entonces lo vio: una montaña de cuerpos se había formado en su terreno. Y no solo eso: se movía. Lentamente, como un organismo vivo, descendía por la pendiente, arrastrándose con un ritmo casi imperceptible.

Con el paso de los días, los disparos y los cañonazos comenzaron a espaciarse hasta desaparecer. El campo quedó en manos de unas pocas hermanas del voluntariado, que más parecían condenadas a limpiar los restos del infierno que a aliviar a los moribundos. El olor a putrefacción se volvió insoportable.

Una mañana del 25 de mayo, tras varios días sin probar alimento, Joaquín tomó una decisión. Aperó su caballo y dos mulas pardas, y cargó en ellas los cuerpos de dos niños y cuatro hombres. Se dirigió a la parroquia de San Juan, decidido a entregarlos y buscar una sepultura digna.

El clérigo lo escuchó, pero se negó. Recibir cuerpos de soldados liberales lo comprometería políticamente. Le indicó que debía ir a la parroquia de la capital. Así, Joaquín emprendió un nuevo camino.

Ocho horas después llegó a la capilla de San Laureano. Durante el trayecto imaginó que allí encontraría ayuda, que alguien asumiría la responsabilidad de dar descanso a aquellos muertos sin nombre. Pero nadie lo atendió. Permaneció en la entrada durante horas, desdibujándose lentamente en el paisaje de la tarde, como si él también comenzara a desaparecer.

Al día siguiente decidió actuar de otra manera. Exhibió los cuerpos como si fueran mercancía de mercado. Fue entonces cuando el diácono Matagira, impactado por la escena, intervino. Lo condujo al patio trasero de la casa cural e informó a sus superiores.

Joaquín recibió comida y descanso. El sueño lo venció con fuerza. Horas después, el diácono regresó con una respuesta: el obispo no lo atendería. Le entregó 200 pesos y, con evidente incomodidad, le pidió que se marchara. El argumento era claro: el nuncio evitaba involucrarse con el bando contrario. Ese dinero, le dijeron, debía bastarle para continuar.

Decepcionado, Joaquín partió sin rumbo claro, cargando no solo los cuerpos, sino también el peso del abandono, en dirección al cementerio central con sus bestias se fue caminando. Estando allí tuvo miles de dudas. Podía ser acusado de profanar a los muertos. Dio varias vueltas, indeciso, hasta que Isidoro, el encargado del lugar, se acercó movido por la curiosidad. Su sencillez inspiró confianza. Joaquín le contó toda su historia

Isidro escuchó en silencio. Y, en un acto de humanidad que desafiaba normas y prohibiciones, le ofreció un terreno, a cambio de 100 pesos, para enterrar los cuerpos.

Joaquín comenzó a cavar. Cavó sin medida, sin cálculo, hasta abrir un hueco profundo. Entonces entendió que no bastaba con esos pocos cuerpos. Decidió volver por más.

Consiguió ocho mulas criollas y emprendió una tarea que rozaba la locura. Realizó 135 viajes. Limpió la pradera contigua a su casa, recogiendo huesos y calaveras que ya formaban parte del paisaje. En sacos de fique, cargó restos humanos durante todo el mes de julio.

La fosa se llenó rápidamente. Joaquín organizaba los restos con método: nivelaba, compactaba, formaba bases con calaveras. Utilizó yeso y caolín para dar estabilidad. Día tras día, trabajó en silencio.

Veintitrés días después, una pirámide de calaveras se alzaba en el horizonte bumangués: como un recordatorio de lo brutal que puede llegar a ser la guerra.

Con el tiempo, recibió una carta del gobierno. En ella se reconocía su labor: ningún cuerpo había quedado sin sepultura. También se le invitaba a una misa en diciembre y se le otorgaba un pago de dos pesos oro por cada cadáver enterrado.

Años después, Joaquín transformó esa recompensa en una nueva vida. Aprendió a leer y escribir, formó una familia y nunca olvidó su obra. Su deseo final:  descansar en aquella fosa que él mismo había creado.

Porque entendió algo que no todos comprenden: lo que para unos es dolor y ruina, para otros puede convertirse en su destino.

Siempre adelante, ni un paso atrás…

 

Los personajes, del anterior relato son producto de mi imaginación dentro de un contexto histórico y buscan es exaltar nuestra tenacidad, resiliencia y perseverancia.


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